Tres estrellas en la mano derecha

Llevaba tres estrellas. Estaban agarradas por un hilo blanco. Una era amarilla, la otra era morada, y la otra roja. Yo salí a la calle, era domingo, el día en el que todos descansan o es que hacía mucho frío para estar afuera. Delante de él iban dos chicas. Detrás de mí había otra chica repartiendo volantes de algún bar. Él iba a un cumpleaños. Lo habían invitado la noche anterior. La persona que lo invitó no se había recordado de decirle nada, era su hermana. Él lo dudó, pero esa noche se metió a la ducha y se puso lo primero que encontró. Siempre lleva un sombrero adonde sea que vaya. Salió a la calle y sintió el aire frío que le recorría el cuerpo cuando le entraba por el cuello. Volvió a entrar y se puso una bufanda negra.

Cerca de su casa hay una tienda de chinos. No la típica tienda de chinos en donde compras cerveza y leche cuando se te acaba, aunque pudiera ser que hasta en esas tiendas pequeñas vendieran globos, pero no. Otra clase de chino en donde venden de todo lo que se te ocurra. Compró las tres estrellas. Pensó en los colores favoritos de su hermana, pero se cansó de pensar y escogió al azar, empezando por el morado. Supuso que el azul y el negro no le gustarían a su hermana. El blanco era demasiado puro y blanco. El rosado era como para una niña y su hermana es incluso más grande que él.

—Dame el amarillo y el rojo —le dijo a la chica en el mostrador. Ella le alcanzó las estrellas
—Cinco ochenta —le dijo.
—¿Me las puedes inflar?
—¿Va a comprar el inflador?
—… Sí, supongo. Dámelo, pero date prisa, por favor.

Esperó en el mostrador mientras la chica buscaba en la bodega. Salió después de varios minutos con la cajita del inflador.

—Diez con veinte —le dijo.

El sacó su billetera, y pagó.

—¿Tú las vas a inflar? —le preguntó a la chica.
—No, no es mi trabajo —le dijo ella.

El hombre nervioso le dijo: Te doy cinco euros si las inflas tú y se sacó los cinco euros de la billetera mientras ella empezaba a sacar el inflador de la caja. Cuando salió a la calle estaba sudando, llevaba los tres globos en la mano derecha y buscaba un número en su móvil cuando yo me topé con él. Nos vimos de frente, luego dejé que pasara frente a mí, saqué mi móvil y le eché una foto. Puede que esto me sirva, me dije. Y volví a guardar el móvil, también guardé mis manos por el frío de la noche y cada quien tomó una calle diferente.

Categorías:escrito, Guatemala, letras, literatura, narración, paolarivera, poesia, polycinco, texto, Uncategorized

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