Los niños perdidos antes de perder

Para escribir sobre un tema tan pesado como la inmigración de niños, los refugiados o datos importantes de la historia que han cambiado el mundo, como el holocausto, no creo que sea necesario haberlos vivido. Tener un conocimiento demasiado grande no basta para empatizar. Cualquiera que se interese sabe que detrás de las historias que encontraremos en ese recorrido de investigación ha habido mucha lucha y dolor. También es probable que los finales no sean los finales felices a los que estamos acostumbrados.
El libro Los niños perdidos de Valeria Luiselli habla sobre los niños refugiados que llegan a Estados Unidos de otras partes de América. Especialmente de Centro América, de países como: El Salvador, Honduras y Guatemala. Siendo guatemalteca, me siento muy distanciada del problema que muchas personas de mi país viven hoy y, aunque soy consciente de lo que ocurre en mi país y de los problemas de violencia, pobreza, desigualdad que viven muchas personas, mi vida es completamente distinta a la vida de una niña que tiene que atravesar (aparte de otros países) México y cruzar la frontera para llegar hasta Estados Unidos y pasar por todas las etapas que nos cuenta Luiselli en su libro.
Tengo un grupo de WhatsApp en mi teléfono. Hay 146 mensajes no leídos. Hablan sobre una tertulia que ha organizado una compañera, una tertulia feminista, con tarta de limón y dulces. Se abrió una discusión sobre este tema porque un compañero no quiere ser nombrado feminista, no quiere tener etiquetas. Aceptable. Mientras los mensajes entraban yo leía un libro de ensayos de Juan Mayorga. Hablaba sobre el teatro histórico, la necesidad de seguir contando y de seguir escarbando en el pasado, de seguir dandole voces a las víctimas. Mientras leía, recordaba el libro de Luiselli y pensaba en los mensajes que leía en la pantalla de mi teléfono que no paraba de anunciar la llegada de uno nuevo después de uno o dos segundos transcurridos.
Siempre me he sentido parte de una minoría. Porque soy de un pueblo pequeño y cuando llegas a las ciudades más grandes y dices de dónde eres te llaman pueblerino a tus espaldas, como si en la ciudad se viviera mejor. Porque siendo de ese pueblo pequeño no me relacionaba casi con nadie y mi minoría se hizo todavía más pequeña. Porque soy mujer y siempre lo he sido aunque mis gustos fueran distintos a los gustos que las niñas debían tener y que muchas tenían a mi alrededor. Porque en la universidad era de otro país, era más morena que las gringas y hablaba español. Porque luego volví a Guatemala, mi país de origen, y mis gustos se redujeron a libros y música que nadie escuchaba y a defender a mujeres y objetar en contra del machismo tan evidente en mi país. Porque al llegar a España de nuevo me convertí en una desconocida que necesitaba explorar una vez más algo nuevo para alcanzar cierta estabilidad. Y me encanta el proceso de encontrarme en un lugar nuevo y de aprender nuevas cosas, pero al mismo tiempo me aleja de mi país, de lo que originalmente fui, pero me acerca a algo más global.
Muchas personas que viven en Guatemala saben de los niños refugiados que llegan a Estados Unidos, pero en países como Guatemala y me imagino que igualmente en El Salvador y en Honduras, estos niños, jóvenes, no son vistos con buenos ojos. En esos tres países se les llama deportados. Y no se les ve con empatía, porque el ciclo de lo que han vivido se repetirá a menos que ocurra un milagro y que su suerte cambie. Los deportados, en muchos casos se convierten en pandilleros, en ladrones, secuestradores, extorsionistas que deben cumplir las ordenes de los jefes para que nada malo les ocurra a ellos y a sus familias. Estos niños, como el título del libro de Luiselli, son Los niños perdidos, los que viven en un limbo esperando que el tiempo transcurra y que la vida gire en otro sentido. Estos refugiados que no encuentran refugio ni siquiera en el país donde nacieron.
Juan Mayorga habla sobre el teatro y yo utilizo sus palabras para hablar de la literatura. Dice Mayorga:

La representación del exterminio planificado de seis millones de judíos europeos, entre ellos más de un millón de niños, no puede ser dejada en manos de quienes trivializan el dolor, de quienes desprecian a las víctimas o de quienes son comprensivos con los asesinos.

Cuando yo era más joven no hubiese entendido que una persona pudiera cometer actos como los que se ven en los periódicos de mi país. En las primeras planas de muchos periódicos aparecen con grandes títulos cuerpos descuartizados, cabezas cortadas, muchas mujeres víctimas porque especialmente en países como el mío, la mujer no es nada. Y cuando a veces me preguntaban ¿qué haría para cambiar las cosas? La respuesta más fácil que encontraba era limpiar las cárceles que es adonde van muchos de esos niños refugiados (hombres y mujeres) que se ven envueltos en pandillas porque no tienen otra opción. Hoy no pienso lo mismo, pero sigo sin encontrar una respuesta, sigo sin poder cambiar las cosas. El tiempo sigue corriendo y yo no sé cómo ayudar a mi país, a los niños que ahora, más que antes, huyen porque necesitan alejarse y son devueltos porque si no son bienvenidos en su propio país, menos lo serán en otro que es completamente ajeno a ellos. No sé cómo ayudar a las mujeres que siguen viviendo en la misma situación y que siguen aceptando que un hombre decida sobre ellas. Lo único que puedo aportar con este texto es la lectura de otros textos como Los niños perdidos. Creo que con el tiempo será un libro que gane todavía más peso porque representa la historia de muchas víctimas hoy en día y lo narra con datos tan concretos para que tome la forma de un ensayo, pero con una voz tan cercana que inquieta y enternece.
Algunos días dejo de ser una minoría para situarme únicamente en el cuerpo al que pertenezco. A veces lo hago adrede porque igual que mi compañero no quiero ser nada, quiero únicamente vivir mi vida haciendo lo mejor que pueda por ayudar a otros que por causas del destino se encuentran en posiciones escabrosas desde que nacieron. Decir esto supone muchas cosas porque las personas alrededor del mundo tienen una forma distinta de ver la vida, una forma distinta de actuar. Esto me lleva a hablar también del papel que juego como mujer en este momento. Y aunque sería muy cómodo y siempre he querido no tener etiquetas, porque soy la primera en defender la libertad del ser y de alejarme muchas veces, por contradictorio que suene, de las palabras. Es posible defender a las mujeres desde un lugar sin etiqueta, es posible defender la igualdad, pero todos van a etiquetar porque si no tienes la etiqueta muchas veces no es posible cargar una responsabilidad. Siendo minoría no puedo más que alentar la palabra de las minorías, las historias de las minorías para que ahora algo cambie o para que en un futuro las cosas mejoren.

Categorías:Escritores, Guatemala, libros, literatura, paolarivera, polycincoEtiquetas: , , , , , , , , ,

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