Vidas imaginarias

Leí sobre Vidas imaginarias en otro libro y su nombre me quedó grabado. No lo busqué en el momento como hago en otras ocasiones. Decidí esperar por alguna razón y después lo olvidé como muchos otros libros que seguramente leo en algún lado y llaman mi atención, pero decido no apuntar y así se van quedando en el olvido hasta que de nuevo regresan a mí sin que yo los piense o los traiga a colación.

Estuve en Mallorca la semana pasada. Eran cuatro días únicamente. Lo primero que hice al llegar fue dejar mis cosas en el hostal del que no diré el nombre porque me parece demasiado encantador y prefiero guardarlo, aunque sé que lo he escrito en algunas otras notas. Dejé mis cosas, hablé con la mujer de la recepción, una mujer muy risueña con un acento raro, era holandesa, me dijo. Salí a la calle en busca de un mapa porque ella no tenía ninguno. Anduve un rato caminando sin encontrar la oficina de turismo. Entré a un museo y a conocer la catedral. Como todas o muchas catedrales, esa no era la excepción: Es imponente, con techos altos, grande con muchas obras de arte dentro de ella y fría y vacía, aunque estuviese llena de turistas. Salí más rápido de lo que quería porque no me sentía cómoda y caminé por algunas partes del centro, sin mapa. Menos mal tenía el mapa en el móvil, pero siempre que voy a una ciudad prefiero un mapa de papel. No encontré la oficina de turismo, pero a mi paso encontré un teatro, una sala de exposiciones y una librería donde entré y encontré un poster de un concierto que se llevaría a cabo ese mismo día. Busqué en el mapa la fundación Pilar I Joan Miró. Estaba un poco alejada del centro donde yo estaba. Para conocer decidí caminar todo el paseo marítimo, si me ponía en marcha llegaría a tiempo para escuchar el concierto que se llevaría a cabo allí. El GPS decía que me haría más o menos una hora y media caminando, pero si caminaba más rápido seguro sería menos, así que me puse en marcha. Después de caminar una hora más o menos estaba demasiado cansada y los últimos cinco minutos que me hice en taxi, caminando hubiese sido la media hora que me faltaba. Al llegar al concierto, me senté en una de las últimas filas. Del concierto hablaré en otro texto porque me estoy desviando del tema principal. Eso fue un viernes.

El siguiente día me levanté temprano y me di cuenta que la oficina de turismo estaba al salir del hostal cruzando la calle. Busqué entonces el mapa y la guía de actividades para ese fin de semana. Me había recorrido gran parte del centro el día anterior, sin mencionar el paseo marítimo. Como en los mapas no te viene una lista de librerías, tuve que buscar en el móvil. Todavía no había estado en La Rambla, puede que sea uno de los lugares más artísticos de la ciudad, por allí había una librería con una terraza. Fui buscando específicamente esa librería, pero antes de entrar me detuve a escuchar a cuatro chicos que tocaban el violín y otros instrumentos. Un cuarteto que me alegró la mañana. Al entrar a la librería, como en cualquier librería, repaso las montañas de libros con los ojos muy abiertos, sé que debe ser así, aunque nunca me he visto cuando lo hago. Tan solo soy consciente de la fascinación minutos después cuando recobro mi lucidez y entonces empiezo a buscar los libros en mi memoria o a veces en mi cuaderno de mano. Esa vez no buscaba nada en especial. Al fondo se encontraba la sección de narrativa. Narrativa inglesa, narrativa española, narrativa hispana, escandinava, italiana, francesa y posé mis ojos en un rincón casi oscuro porque no llegaba por completo la luz de uno de los ojos de buey. Allí estaba Vidas imaginarias de Marcel Schwob. Un tomo pequeño de pasta dura. Lo tomé y no lo solté sin estar segura de si quería comprarlo o no. Lo llevé conmigo en todo el recorrido que hice por la librería, quizá unos quince minutos después de haber terminado empecé a leer las primeras hojas y no pude desprenderme de él.

Buena elección, me dijo el chico de la caja, es pequeño, pero su contenido es precioso. Le sonreí asintiendo. Todavía me quedé allí otra media hora mientras tomaba un café y empezaba a leer el pequeño libro mencionado por Borges en algún otro libro. Vidas imaginarias es una mezcla de realidad y ficción. Sus personajes son reales, pero lo que nos llega a contar el autor de esos personajes puede o no ser verdad. Cuando supe esto, pensé que era un tanto contradictorio el que una historia como las que se cuentan en este pequeño libro no sean llamadas completamente ficciones. Sí, ficciones porque si no podemos conocer la verdad de los hechos que se cuentan en una obra, esos personajes bien podrían ser inventados, claro, con características muy similares a las de los personajes de la vida real, pero personajes después de todo.

El chico de la caja tenía razón, aunque muchas de las historias son realmente tristes y hasta grotescas, la forma que tiene el autor de describir lo que sucede lo hace bello, como todo lo que es triste y nos encoge la piel. Cómo cambia la versión de Pocahontas que he leído en este libro de la versión infantil y vendida por Disney. Pero vuelvo a la pregunta de lo que se considera ficción y realidad. ¿Si yo un día decido contar mi vida y cambiarle de nombre a mi personaje principal, a mí, eso sería ficción o verdad o mentira? ¿Si digo que toda la historia para llegar hasta la compra de ese libro es mentira, por qué no deberían de creerme?

Categorías:Escritores, libros, literatura, narración, texto, UncategorizedEtiquetas: , , , , , , , , , ,

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