Reckless youth

Quizá debería darle las gracias a las lecturas que he tenido últimamente, aunque es verdad que en los últimos días me convenzo más de que cada uno de nosotros es libre de tomar sus propias decisiones y que también, cada uno actuará de forma muy egoísta, pensando casi siempre solo en la felicidad propia o la estabilidad o como quieran llamarlo. No me gusta utilizar la palabra felicidad, creo que es un término que muchos buscan para hacerse sentir mejor, un término poco valorado que reclama sonrisas y palabras falsas. Por esa razón no la utilizaba. Las lecturas que he tenido en las últimas semanas varían tanto. Van desde Henry Miller hasta Miguel Ruíz. Desde una chica a la que sigo en Twitter y, que leo cuando rara vez publica algo, a Eduardo Halfón y su Pirueta. Todo se mezcla en mi cabeza y pasan días donde todas las palabras que he leído, las frases importantes, las historias, forman un cúmulo de pensamientos que hoy por fin está saliendo. No me sentía con tantas ganas de escribir desde que dejé mi novela en standby para la última revisión (de eso hace meses).

Debería agradecerles a todos ellos, incluso a los tuits por los que paso una vista rápida y en algún momento del día una palabra retumba en mi cabeza y pienso ¿dónde he leído esto? A veces tal vez no lo haya leído en ninguna parte, quizá empiezo de nuevo a formar oraciones que tengan sentido, que se sostengan por sí solas. Siento que hace tiempo las palabras están inconexas cuando intento escribir algo. Puede que solo haya sido un bloqueo o puede que siga, no lo sé. Nunca sé cuando llegan esos momentos de estancamiento en los que las palabras simplemente no me sirven para decir lo que quiero.

Creo que alguna vez escribí un tuit, no recuerdo exactamente lo que decía, pero era algo relacionado con la música. Creo que decía que algunos días ni siquiera la música me transmitía nada y eso es raro. Quizá no tan raro para algunas personas, pero para mí lo es, porque solo yo sé de qué forma utilizo la música y al mismo tiempo de qué forma la música, tal vez, me utiliza a mí.

Suelo levantarme algunos días con la necesidad de silenciar el silencio. Pero en los meses anteriores, cualquier tipo de música me hacía desear tanto la paz que se encuentra en la nada. Solía bañarme todas las mañanas o todas las noches o todas las tardes, dependiendo el calor que hiciera, con música. Dejé de hacerlo dos meses atrás sin razón alguna. Es algo en lo que no había pensado, pero hoy mientras estaba sentada esperando a que llegara mi turno, recordé un ensayo que escribí una vez. Un ensayo sobre música. Hablaba de reggaeton y lo comparaba con la música que a mí me gusta escuchar. Pensaba en la percusión, en los tambores, en el sonido de las ciudades. De mi ciudad. En las bocinas y el volumen alto en los carros. Me di cuenta que la música es como un hogar que vas formando, un hogar del que siempre tendrás la llave, siempre y cuando quieras volver. Allí se encierra tiempo. Te sientas en una esquina o en la calle, en una acera, fuera de un teatro y puedes estar en cualquier lugar, con cualquier persona. A mí Guatemala me suena a La luna de Xelajú. Allí está mi pueblo pequeñito, en un rincón con su luna grande en octubre, los caminos de tierra y por otro lado están las demás ciudades, incluso las ciudades en las que no he estado, más que en sueños. Las ciudades en las que he vivido por muchos años sin pisar nunca sus calles. Allí están.

Después de terminar con la cita que tenía, caminé de vuelta a mi casa. Me di cuenta que no llevaba mis audífonos. A veces pienso que el calor cambia mi forma de pensar. Volví y recordé el tiempo en el que podía escuchar una misma canción una y otra vez y otra vez y otra vez. Como un cassette o un disco que siempre repite la misma letra, la misma melodía. Recordé la canción y cómo me sentí por estas calles en Madrid las veces que la escuchaba. Después de una hora de estar en mi casa, volví a recordar la canción y por fin la escuché después de muchos meses. Tal vez fuera una estrofa en concreto la que me llamaba y los tambores y la voz de la cantante, suave y delicada diciendo:

We are the reckless,
We are the wild youth
Chasing visions of our futures
One day we’ll reveal the truth
That one will die before he gets there.

Cuando escuché esta parte, las lecturas de los días recientes vinieron a mí como un celular que se escapa de tus manos en la noche y te da en la cabeza o como una ola que no esperas mientras saludas a alguien que está en la orilla del mar. Me vi persiguiendo una estrella de mar o, quizá en realidad, era una estrella en un universo saturado de puntitos de colores.

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