La manta de mi hermana

Nunca se deshizo de ese trapo de ropa vieja que había tenido desde pequeña. Decía que le recordaba cosas, pero nunca me dijo qué cosas y que se sentía segura cuando la tenía cerca. ¿Qué puedes recordar cuando eres tan pequeña que sueles quedarte dormida mientras alguien más te cubre con una manta? Puede que recordara cosas de cuando creció, porque siempre había tenido esa misma manta. Ahora tiene poco más de treinta y, no fue hasta hace unos pocos años, que desapareció el trozo de manta que conservaba en una bolsa ziploc, de las que se usan para guardar comida en el refrigerador.
El día tenía que llegar. Era imposible que el trocito de ropa que guardaba como si fuera pan sagrado sobreviviera para siempre. Pero a veces esperamos lo imposible o casi siempre. Deseamos creer. Y ella parecía muy confiada de que ese pedazo de tela la acompañaría hasta su muerte.
Se enamoró. Se casó y tuvo un hijo. Quizá por ser mi hermana y porque somos contemporáneas, la idea de que tuviera su propia familia, al principio, se me hizo extraña. No es que no quisiera que tuviera una familia, solo se me hizo extraño sentir que nos llevamos poco más de un año y ahora es como una persona diferente, con una personita detrás de ella todo el tiempo.
Todos entendemos que las personas cambian. Ojalá fuéramos siempre los niños que alguna vez fuimos. Cuando nació mi sobrino, le dije a mi hermana que no tuviera una sola manta, para que él no se encariñara con un solo objeto y le sucediera lo mismo que a ella. Recordaba cuando solía llorar pensando en el trozo de su manta que había desaparecido, después de que unos ladrones abrieran la cajuela de su carro, se llevaran su bolsa y la de otras amigas con las que había salido esa noche de fiesta, y así se extinguiera el último trozo vivo de aquella manta vieja que la había arropado desde que nació.
He pensado en esa manta muchas veces. Pero nunca se lo he dicho a mi hermana. Ahora seguramente ya no lloraría, tiene a mi sobrino y a su esposo o no sé. Mi sobrino habla y no para de hablar. Quiere saber el nombre de todas las cosas que se le atraviesan. Nunca había estado tan cerca de un niño que me hiciera darme cuenta de la curiosidad que sentimos por todo, y de lo rápido que queremos que todo pase. Esto él no lo sabe todavía. Todavía no. Pero no tardará en ser consciente de querer que el tiempo se detenga. Mientras tanto, habla y habla y hace muchas preguntas. Quiere saberlo todo. En inglés y español. Quiere hablar y conversar con todos, tal como nos ve hacerlo a nosotros. Todavía no entiende el silencio y me pregunto qué es mejor.
Cuando tenía, tal vez, trece años o algo así, le pedí a mi madre que me comprara una manta de bebé. La recuerdo perfectamente. Era blanca con celeste y tenía la cara de un león. Mi hermana dormía todas las noches con su manta vieja. Incluso perdió el color y los dibujos, parecían figuras de algún cuadro expresionista. Creo que se le puede llamar envidia: a tener algo tan preciado a lo que aferrarme como ella se aferraba a ese trozo de ropa vieja. Envidia de la buena, eso quiero pensar. Solía preguntarme por qué yo no tenía algo como esa manta. Algo que me hiciera llorar si desaparecía (una vez fuimos de viaje, no recuerdo adonde, pero sé que fue lejos. Mi hermana olvidó su manta en el hotel y no tuvo paz hasta que mis padres la recuperaron. Según recuerdo, la manta llegó en un paquete de correo). Algo con lo que quisiera arrullarme todas las noches. Algo que me hiciera sentir, en ese momento, que si se desvanecía, sería el fin, no sé de qué, pero el fin. Creo que dormí una noche con la manta que mi madre me compró y luego la dejé por algún lugar, como cualquier objeto sin importancia. No quería la manta de mi hermana, quería algo que fuera mío y que para mí significara un todo.
En mi última mudanza olvidé algo importante. Mi maquina de escribir. Cuando me di cuenta estaba sentada en la sala de espera de un aeropuerto y no supe qué sentir. Luego me quedé pensando y me sentí triste por no poder sentirme más triste por el olvido. Me pregunto si el problema soy yo. Si está bien no sentir nada por ciertas cosas y, a veces, desería que esas cosas sin aparente importancia me importaran más que las que me hacen sentir dolor.
Mis hermanas son fuertes. A mi vista invencibles. Y a veces pienso que las cosas materiales, los objetos a los que les cogemos cariño o cualquier cosa que no hable, como la manta de mi hermana, de alguna forma la ayudó a concentrar sus sentimientos en algo que ella amara con todas sus fuerzas, pero que nunca podría lastimarla. Y tal vez, por esa razón, debamos agarrarnos a cualquier cosa que encontramos en el camino que nos haga sentir seguros y arropados o no.

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